Mi colega Juan y yo teníamos entre ceja y ceja desde hace mucho tiempo la idea de saltar en paracaídas. Bueno, para ser sinceros... mi primo Nacho es el verdadero origen de todo esto.
A lo que íbamos, que un día... Vaaaale, una noche y con alguna que otra copa, decidimos dar el paso, miramos en internet precios y empresas y nos lanzamos. El proyecto lo pusimos en marcha Juan y yo, pero Javi se unió en cuanto se enteró.
Así pues, llegamos a un punto en el que estábamos Juan, Javi y yo, cagadillos de miedo y con tres billetes para saltar desde 4.500 metros de altura... Como no podía ser de otra manera, a la locura se empezó a unir gente hasta que configuramos un grupo de ocho (los tres anteriores, Kike, Jero, Agustín, Sergio y María).
Total, que llegó la famosa mañana del 19 de agosto. Habíamos quedado a las 10:00 y para entonces Javi reconoció que llevaba hechas tres pruebas del salto por internet (si reconoce eso es que había hecho muchas más). Él decía que era porque no podía dormir por los ronquidos pero su cara hablaba por sí sola.
Poco antes de las once pusimos rumbo a Lillo, un pueblo de Toledo donde está el aeródromo (o cómo se le pueda llamar a eso porque se nos quedó una carita a todos cuando lo vimos...).
Llegamos como pasadas las doce. Y allí empezaron los nervios de verdad. Cuando ya lo ves in situ y piensas que no hay marcha atrás. Primero saltaron Sergio y María. Los dos llegaron bastante desencajados pero con una sonrisa de oreja a oreja (tan malo no podía ser). El siguiente turno fue para Javi, Kike y Agustín... A mí sus vuelos se pasaron volando, nunca mejor dicho.
Más de lo mismo, flojera de piernas, risas nerviosas y más nudos en el estómago para los que aún no habíamos saltado.

Bueno, al grano... Dos y pico de la tarde y Jero, Juan y un servidor nos subimos a un pseudoavión al que previamente habíamos visto hacer un par de picados y caídas en barrena. El interior, indescriptible. Diez sardinas en lata, los tres principiantes pálidos y por delante una subida de quince minutos que, esa sí, se me hizo eterna.
Llegamos arriba, el primero en saltar fue Juan... Se lo digo a todo el mundo, pero es que la sensación de ver desaparecer en el vacío a un amigo es la leche. Pero, como yo soy el único que se extraña, supongo que ha ido todo bien. Dos minutos después salto yo. Primero me descuelgo sobre el borde del avión y... unos segundos después.... ¡¡¡A volar!!! El siguiente minuto es tremendo. Caes a 250 km/h y parece que ni te enteras. No hay referencias para notar la velocidad, pero el viento en la cara te dice que estás yendo a toda leche. Poco después, un tirón y a caer plácidamente durante cinco minutos hasta el suelo.

Desde ahí hasta que nos fuimos a Ibiza y comenzó una semana de fiesta, fiesta y más fiesta, poca cosa. Unas hamburguesas, la vuelta en coche con toda la adrenalina y, al aeropuerto... pero lo de Ibiza ya os lo contaré en otra ocasión.
En resumen, una sensación que todo el mundo debería sentir alguna vez. La de llegar al suelo, claro. No, es broma. Os recomiendo a todos que alguna vez os atreváis prque no os arrepentiréis. A mí, sólo tenéis que llamarme... Que repito!!!!!!!!
IVY

3 comentarios:
Hala Madrid!! (por si las moscas)
¡Im-presionante! Me alegro que lo pasarais tan bien. Os había oído contarlo varias veces, pero no hay nada como verlo escrito... bueno sí, haber estado allí.
Un beso
JOTOO
menudo perro, mira que no esperarme... Y tampoco se debió de quedar muy bien, porque se ha jodido el menisco para retrasar lo inevitable. Saltar conmigo!!!!
Publicar un comentario